POR: ALEJANDRO MARTINEZ GALLARDO Fuente: Pijama Surf

El acto fundamental del ser humano que busca conocer –asomarse y asombrarse ante el misterio– es mirar las estrellas en el cielo. Cuando una persona vuelve a mirar al cielo y observa los pulsos luminosos, y se maravilla y se pregunta, se forma una resonancia que es una comunicación del lenguaje de la luz y una comunión con miles y millones de personas que han extendido la interrogación de su mente al firmamento. No se debe despreciar la profundidad filosófica de esta canción de cuna que describe el asombro primordial:

Twinkle, twinkle, little star/ How I wonder what you are./ Up above the world so high,/Like a diamond in the sky.

La filosofía, el amor a la sabiduría, nos dice Aristóteles en su Metafísica, nace del asombro, del admirarse, del maravillarse:

Pues los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración… el que se plantea un problema o se admira, reconoce su ignorancia. (Por eso también el que ama los mitos es en cierto modo filósofo; pues el mito se compone de elementos maravillosos).

La palabra que utiliza Aristóteles y la cual tradicionalmente se ha considerado el origen del quehacer filosófico es traumazein (traducida aquí como admiración; en ingles wonder) y que tiene su raíz en “ver o mirar”. Esto es, el encantamiento o el asombro de mirar, de contemplar, algo desconocido y maravilloso, que engendra el deseo de saber, como las estrellas –y es que, aunque para la modernidad sobreestimulada los astros tal vez hayan perdido su encanto (¡y su visibilidad!) pero para casi cualquier hombre en la historia de la humanidad nada podría compararse en asombro con mirar la vastedad del espacio y las luces que insinuaban un lenguaje desconocido.

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